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Viaje al centro

Por Rafael Serrano, presidente

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Nos pasamos la vida viajando al centro y olvidamos que ya lo ocupamos sin que la experiencia fuera tan mala. En este tiempo convulso, ser de centro no esta de moda. Es verdad que muchos partidos buscan la denominación para ganar votos y aceptos, pero su dialéctica, sus posturas y hasta su ubicación ideológica se lo acaba impidiendo. Es una vitola, una operación de imagen o un mero recurso dialéctico, pero estamos lejos de que sea una realidad. La radicalización se acaba imponiendo para dejar de lado las ventajas y los beneficios cuando las siglas de centro vendían y captaban apoyos.

La UCD de Suárez y el PSOE de Felipe se disputaron el centro político sin descanso en un clima de consenso que asentó la democracia y garantizó el bienestar de una mayoría de españoles. En aquellos años, hasta los radicales servían en lo fundamental al bien de Estado. Cómo olvidar la presentación que hizo Manuel Fraga de Santiago Carrillo en el Club Siglo XXI para ensalzar su figura y enterrar el hacha de guerra del 36.

Fraga presentaba a Carrillo con estas palabras “No necesito poner a Dios por testigo de que la distancia política e ideológica entre el Partido Comunista y Alianza Popular es muy grande, ni necesito recordar, por obvia, en qué consiste”.

El líder conservador buscaba similitudes en el origen humilde de los padres de ambos: “Un pobre campesino gallego que llegó a alcalde de Villalba, el del uno; un obrero asturiano que fue viceministro de la II República, el del otro”. También se refirió a la agresividad de los días anteriores al 15-J de aquel 1977, reconociendo que “Carrillo y yo nos hemos dicho de todo en la campaña” para calificar al conferenciante como a “un español con las virtudes y los defectos de la raza bastante bien plantados, un comunista de pura cepa, y si él me lo permite, de mucho cuidado; por eso interesa oírle”.

Muchos periodistas de la generación del cambio estuvimos aquella noche del 26 de octubre del 77, en el Club Siglo XXI y asistimos como notarios de la nueva realidad al abrazo de dos mundos hasta entonces irreconciliables que daban paso al entendimiento y la concordia para hacer posible el cambio. Vaya si lo consiguieron. Los logros han sido sobresalientes por mucho que ahora se quieran poner en entredicho para primero, destruir lo que fue la admiración del mundo y, en paralelo, entronizar un modelo cuya más que dudosa legalidad da escalofríos por las semejanzas a regímenes en los que la democracia brilla por su ausencia.

Se critica con saña al modelo bipartidista que ha gobernado nuestro país durante 40 años, seguramente por los muchos defectos de los dos partidos que se han alternado en el ejercicio del poder, pero nadie puede defender que los llamados nuevos partidos hayan mejorado en algo la situación. Podemos, Ciudadanos y Vox contribuyen a un enfrentamiento constante en la vida política marcada por la polarización de las posturas más radicales.

Populares y socialistas, lejos de buscarse en el centro, se radicalizan para emular a quienes les disputan el espacio ideológico por los extremos y hasta encuentran problemas para elaborar unos nuevos presupuestos públicos que, según los últimos recodos de su andadura, solo encontrarán el apoyo de fuerzas independentistas, cuya excitación les delata al afirmar “vamos a Madrid a tumbar definitivamente el régimen”. Aunque se quiera restar hierro a la frase, quien ha hecho posible el acuerdo con los herederos de ETA se frota las manos al comprobar que se dan pasos para dinamitar la Transición y la Constitución del 78.

No es precisamente de centro esta manera de manejar la cosa pública, en especial cuando un virus inesperado y letal ha puesto a prueba la resistencia de las bisagras de este viejo país que no da crédito a lo que ve ante sus ojos y asiste atónito a su demolición. Se dirá que la frase anterior es una exageración, tal vez porque hasta la clase media que, con su trabajo y esfuerzo, ha hecho grande este país, puede estar empezando a perder su sentimiento nacional de pertenencia. No es muy aventurado pensar que esta afirmación reciba una descalificación atribuyéndola a un llamado nacionalismo español que busca medirse con el independentismo utilizando la bandera y otros símbolos.

Nuestro país se consolidó mientras la socialdemocracia del 82 ocupó el centro, pero la radicalización basada en la pretendida superioridad moral de la izquierda provoca un retroceso de los valores esenciales del Estado de Derecho. Lo acabamos de ver en el intento de alterar sin los consensos necesarios la renovación de los órganos judiciales, lo que ha provocado una llamada de atención de Europa para impedir tal dislate.

No solo el PP tiene que viajar al centro, el PSOE debe frenar en seco y girar 180 grados para retomar ese camino si no quiere perder el respeto de los españoles y el crédito internacional. Disputar el espacio de los extremos es negativo para Casado, pero está siendo desastroso para quienes creyeron que el tándem para no dormir que forman Sánchez y Iglesias resolvería la ecuación a que se enfrenta España en este momento grave.

Acusar al adversario de crispar la vida política para irritar el discurso con un mero intercambio de tópicos, descalificaciones o insultos no es la mejor manera de entenderse o, al menos, de intentarlo. Unos y otros pueden encontrar la respuesta en el centro, pero este ejercicio de riesgo tiene un problema, si es auténtico quema mucho y todos conocemos ejemplos de ello, de gran calado y consecuencias.

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