Cita con las urnas

Para hacer el cambio

Cita con las urnas

Por Jack Miur

Al día siguiente de acudir a votar el pasado domingo, supimos que en breve tendremos una nueva cita con las urnas que es decisiva para hacer posible el cambio que España necesita.

No se trata solo de optar por tal o cual partido. Es mucho más , un plebiscito para que este país que llamamos España y esta sociedad de ciudadanos libres e iguales experimente un gran lanzamiento para conquistar el futuro.

Durante los 40 años de democracia, nuestro país ha vivido períodos acelerados de cambio y avance y etapas de parálisis. Ha habido momentos extraordinarios en los que el ejemplo de España maravillaba al mundo por su capacidad para transformar un pasado avieso en un presente enriquecedor y, a la vez, prometedor para el futuro.

Así fueron, por ejemplo, los apasionantes años de la Transición, en los que en un tiempo récord se salía con audacia de una dictadura obsoleta para entrar en un periodo electrizante de cambio y libertad.

En efecto, hemos vivido momentos grandiosos, como esos años vertiginosos de la Transición, otros simplemente llevaderos y algunas fases para olvidar. Ahora, nos enfrentamos a una encrucijada de gran trascendencia, una cita con la historia.

Se trata de un eslabón que nos puede mantener atenazados en la falta de entendimiento y la ausencia de ideas o, tal vez, la gran ocasión para hacer el profundo cambio que necesitamos con urgencia.

El cambio

El cambio resume un concepto valioso que requiere energía e ideas. Es necesario, sobre todo, tener la capacidad y el valor para al menos tener una idea, expresarla y ponerla en práctica.

El valor de una idea debe expresar un concepto positivo para alcanzar tal categoría. En sentido contrario, la parálisis siempre es entendida como una pérdida o una carencia, en cualquier caso, como un retroceso.

Por tanto, la mezcla de ambas imágenes difícilmente resulta afortunada, tal vez solo con la excepción de la metáfora, si lo que se pretende es encontrar una salida digna a la actual situación.

Cuando quien tiene la responsabilidad no la ejerce y cuando, a la vez, ante la falta de proyecto alguien controla los mecanismos de decisión para manejar a su antojo el presupuesto por meros intereses sectarios, la parálisis y el desgobierno es el resultado.

Coarta cualquier iniciativa enriquecedora y toda oportunidad de entendimiento repetir el mismo esquema manido, obsoleto y aburrido, que se define por la ausencia de debate, cerrado al análisis y ayuno de propuestas.

Valores tales como innovación, participación y, sobre todo, imaginación, entre otros, tienen como denominador común la expresión de un deseo colectivo de cambio, fundamental para alcanzar los más ambiciosos objetivos de convivencia y progreso.

Además de hacer frente a su exacción, alguna vez los administrados, indignados o no, tomarán conciencia y exigirán un nuevo modelo que permita, por fin, adaptarse a la nueva era. Cuando no se va quien tiene agotas sus opciones, la enfermedad se convierte en crónica y apunta lo peor al garantizar la censura de una oligarquía que trata de perpetuarse para detentar el poder.

Su objetivo central es obtener el halago que alientan los corifeos de siempre, de forma que cualquier transformación acabe en pura cosmética destinada a estimular cordones sanitarios y así, suspender el acceso de aquellos a los que se considera insumisos.

Parálisis

A pesar de todo, deviene un cierto valor de la parálisis, ya que la retención contumaz, como un error repetido y, por ello, deliberado, genera un impulso indomable de rebeldía destinado a derribar las barreras de la injusticia, cuyos protagonistas se sentirán aludidos, olvidando que las comparaciones siempre son odiosas.

Nuestro país necesita de nuevo un proceso acelerado y profundo de reformas que nos sitúen en la vanguardia cuyas consecuencias más destacadas serán, entre otras, que nuestros jóvenes más preparados y que atesoran el mayor talento, no tengan que ejercer sus capacidades fuera de nuestras fronteras.

Es un suicidio para una sociedad preparar y formar a sus jóvenes para que luego tengan que salir a buscarse la vida en otros entornos que han sabido crear empresas, corporaciones o entidades que sí saben captar el talento y encontrarle rentabilidad.

El clásico tablero político izquierda – derecha se ha quedado superado y ello por una razón bastante simple. La izquierda se ha quedado sin mensaje, seguramente consecuencia de haberse quedado sin ideas y, por tanto, sin valentía y sin coraje para llevarlas a la práctica. Hablar solo, en un discurso pueril, de feminismo, medio ambiente y diversidad, puede resultar entretenido a algunos, pero la realidad nos muestra que es inútil y, sobre todo, insatisfactorio para ganar el futuro.

Hay que impulsar el cambio para ser innovadores, para modernizar las estructuras de inversión, especialmente de creación de riqueza y empleo. Al mismo tiempo, el esquema de contribución a lo público debe ser mejorado para que los ciudadanos dejen de tener la sensación de que solo se cuenta con ellos cuando llega el momento de pagar impuestos.

El Estado debe garantizar servicios básicos como la educación y la sanidad, debe ser el garante de la seguridad y el respeto escrupuloso en el ámbito jurídico e institucional; pero debe serlo no solo nominalmente, sino con todas las consecuencias. Por tanto, para que esa prestación de servicios públicos sea real y eficiente, hay que emprender reformas profundas de gran calado, que seguramente en algunos casos, llevarán años o puede que décadas; pero no por ello deben quedarse en el cajón mental de unos dirigentes que solo piensan en el corto plazo de la próxima e inminente consulta electoral.

 

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